
Con dificultades para respirar, dolores corporales y los pies y rodillas hinchados, un primer grupo de indígenas y campesinos que protesta contra la Ley 1720 llegó a La Paz tras 24 días de caminata desde el norte amazónico. Al agotamiento acumulado se sumaron cefaleas, mareos y falta de aire, síntomas del mal de altura que afectan especialmente a marchistas provenientes de tierras bajas y que contrarrestan con mucha convicción.
En la Sede Integral Productiva Suma Khamaña, cerca de la tranca de Urujara, cientos de hombres, mujeres y algunos niños descansaron para recuperarse.
Escarlet Aramayo, de 51 años, dejó a sus seis hijos en una comunidad de la provincia Vaca Díez, Beni. Asegura que la caminata fue “grave”, marcada por frío, hambre, lluvia y ampollas. “Estamos aquí para defender nuestros derechos; vivimos de la tierra”, afirmó.
Mientras algunos toman mate de coca para aliviarse, otros debieron ser evacuados en ambulancia; uno de ellos recibió oxígeno.
En el exterior del recinto funciona un punto de acopio donde voluntarios reciben ayuda. Lo más requerido son frazadas, ropa abrigada, alimentos calientes y medicamentos.
Los movilizados advierten que no se retirarán hasta lograr la abrogación de la Ley 1720, que consideran una amenaza para la propiedad individual y colectiva. Temen que facilite hipotecas impagables, concentración de tierras y afectaciones ambientales y culturales.
El Gobierno sostiene que la conversión de la pequeña propiedad agraria es voluntaria, no vulnera la Constitución y abre acceso a créditos productivos. Entretanto, otro contingente de marchistas continúa en camino y se prevé su ingreso este lunes.





































